La Nación

Del Potro, en la mesa de ilustres del tenis argentino como Vilas, Sabatini, Coria y Nalbandian

David Nalbandian fue un artista irreverente. Malicioso, explosivo, el tenis fue una excusa perfecta para desnudar su personalidad, polémica y talentosa. Lo tuvo todo: fue un héroe de la Copa Davis aún sin ganarla, quedó en el corazón de los fanáticos por su estirpe y en los grandes desafíos solía dejar su marca de fuego. Tal vez, la raqueta no era esencial en su vida: prefería otro tipo de placeres. Siempre quedó la sensación de que debió haber llegado más lejos, pero su clase no viajó hacia el espacio porque recordó tarde, acaso, que el tenis no sólo era un deporte: también, una profesión. Le sobró carisma, reunió todos los golpes –esa devolución, ese revés cruzado– y fue un provocador.
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