Irmgard Keun, la escritora alemana prohibida por los nazis que todos creyeron que se había suicidado pero sobrevivió oculta en el lugar menos pensado

Irmgard Keun
Irmgard Keun debió escapar de Alemania en la primavera de 1936 y vivió exiliada entre Francia y los Países Bajos hasta que en 1940 un diario británico publicó que se había suicidado. (DB/dpa/AP Images)

Con el mismo desparpajo que sus personajes femeninos, criticados en su tiempo por “calumniar con vulgaridades la feminidad alemana”, la escritora Irmgard Keun se presentó a los tribunales en 1935 para demandar a la Gestapo por lucro cesante. Sus novelas habían sido retiradas de las librerías y ella había sido incluida entre los artistas prohibidos por el gobierno de Adolf Hitler. Así que pedía a la justicia que el estado nazi la compensara por todo el dinero que se perdía de ganar y que era su medio de vida.

Había sido una escritora muy popular durante la república de Weimar: su novela debut, Gilgi, una de nosotras, la convirtió en best-seller a los 26 años; La chica de la seda artificial, publicada en 1932, había llegado a vender más de 50.000 ejemplares antes de que la censura cayera sobre Keun.

Perdió el juicio contra la Gestapo y debió escapar de Alemania en la primavera de 1936. En su exilio entre Francia y los Países Bajos se trató con otros autores que, como ella, engrosaban las listas negras de los nazis: Thomas Mann, Stefan Zweig, de quien fue amiga, y Joseph Roth, su pareja durante tres años. Pero con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Hitler invadió los territorios europeos donde ella trataba de esconderse.

No logró salir hacia América —había visitado Estados Unidos en 1938, y trató de regresar— y en agosto de 1940 el diario británico Daily Telegraph anunció que Keun se había suicidado en Ámsterdam, poco después de la ocupación de Holanda por los nazis. En su memoria Escoria de la tierra, de 1941, Arthur Koestler incluyó su nombre entre aquellos que “se dieron muerte por su propia mano”.

Keun, sin embargo, seguía viva. Y había regresado a Alemania, con una identidad falsa.

La noche de los cristales rotos, de 1938, uno de los pogroms más notorios del nazismo. (Granger/Shutterstock)
La noche de los cristales rotos, de 1938, uno de los pogroms más notorios del nazismo. (Granger/Shutterstock)
(Granger/Shutterstock/)

Charlotte Tralow, una combinación de su segundo nombre y el del esposo del que se había divorciado porque era pro nazi (aunque siguió viendo a Johannes Tralow, cuando la pasión o el alcohol le volvían borroso el asunto de su simpatía por Hitler), pasó la guerra escondida en la casa de sus padres, en Colonia.

Cuando ya no necesitó ocultarse encontró que tampoco tenía dónde mostrarse: la posguerra en la Alemania dividida no mostró interés por ella. Solo en la década de 1970, cuando llegó a la juventud la primera generación que no había estado directamente implicada en el nazismo y examinaba el pasado con ojos nuevos, su obra fue redescubierta.

No se sabe si en 1940 Keun pidió a un periodista que publicara la noticia falsa de su muerte, o si al leerla se inspiró y aprovechó la ocasión para desvanecerse y, de ese modo, terminar con la persecución que sufría.

Tampoco se sabe si compró documentos falsificados o si —como dijo ella luego— sedujo a un oficial nazi al que le pidió ayuda para regresar a Alemania.

“Los datos biográficos ciertos sobre Keun son muy escasos”, dijo Michael Hofmann, traductor de sus novelas al inglés, a Smithsonian Magazine.

Irmgard Keun libros
Gilgi, una de nosotras, La chica de la seda artificial y Después de la medianoche, las tres novelas más famosas de Irmgard Keun.

Se sabe, al menos, que nació en Berlín en 1905, en un hogar de clase media (un padre ejecutivo, una madre ama de casa), y que tenía ocho años cuando la familia se trasladó a Colonia. Ella cursó en una escuela luterana de niñas y al terminar estudió teatro y trabajó como secretaria. Por fin su carrera de actriz comenzó a progresar, pero no tanto como ella quería. Como también le encantaba escribir, le hizo caso al autor de Berlin Alexanderplatz, Alfred Döblin, quien le aconsejó que cambiara de rumbo.

Gilgi, una de nosotras y La chica de la seda artificial la hicieron popular y rica, o lo más parecido a eso en un país con hiperinflación y desempleo que tambaleaba hacia la catástrofe. Su retrato de la Alemana de entreguerras es tan terrible como el de Döblin, pero la perspectiva de Keun es la de unas mujeres jóvenes que temen que los mejores años de sus vidas se sacrifiquen en el altar de una política que no les interesa en lo más mínimo.

Doris, protagonista de La chica de la seda artificial deja su empleo de dactilógrafa para hacer lo que haga falta a fin de convertirse en una estrella de cabaret. Su mejor amigo es un abrigo de piel que ha robado en un guardarropas; su medio de vida, la prostitución. Odia la política porque es un obstáculo para sus sueños: un empresario, por ejemplo, la dejó porque ella malinterpretó una pregunta sobre si era judía. “Dios, no lo soy, pero pienso: ‘Si eso es lo que a él le gusta, le haré el favor’, y le digo: ‘Desde luego. Justo la semana pasada papá se hizo un esguince en la sinagoga’”.

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Irmgard Keun fue criticada en su tiempo por “calumniar con vulgaridades la feminidad alemana” y prohibida, mientras el nazismo encerraba comunidades en ghettos y avanzaba hacia la guerra y la Shoah. (The Holocaust Encyclopedia)

No es una buena conciencia que denuncia: es apenas una muchacha promedio que trata de abrirse camino durante el ascenso del nazismo. Las traducciones de sus novelas al inglés, que se comenzaron a publicar a finales de la década de 2000, despertaron comparaciones con Sex and the City y El diario de Bridget Jones; otras con el F. Scott Fitzgerald de Hermosos y malditos y la Anita Loos de Los caballeros las prefieren rubias. “Quiero enterrar mi cara en las manos para hacerla menos triste. Se tiene que esforzar, mi cara, porque trato de convertirme en una estrella. Y en todas partes hay mujeres cuyas caras también se esfuerzan”, escribió, por ejemplo.

No sólo los críticos alemanes la encontraron “vulgar” y “anti alemana”: los nazis, que llegaron al poder por los votos, desaprobaron el libro con vehemencia. Pronto siguió la prohibición, y a ella el juicio vano de Keun. Por fin, el exilio.

Allí Keun siguió escribiendo: Después de la medianoche, Tercera clase en el Tren D, Niños de todos los países. Pero casi nadie la leía: se avecinaba la guerra, estaba prohibida en Alemania. En Francia y Holanda habrá vendido, en un cálculo optimista, 2.500 ejemplares. Y si bien su obra se volvió un poco más política, siguió recurriendo al hilo de la vida cotidiana de la gente común.

joseph goebbels
Una vez que dejó la Alemania Naci —en la imagen Adolf Hitler, Herman Goering, Joseph Goebbels y Rudolf Hess— la obra de Irmgard Keun se volvió un poco más política. (Everett/Shutterstock) (Everett/Shutterstock/)

Sanna, por ejemplo, protagonista de Después de la medianoche, vive en Frankfurt porque debió escapar de Colonia: la madre de su prometido la había denunciado por haber proferido un insulto contra Hermann Goering, aunque sus móviles eran otros. En su nueva ciudad viaja en trolley, y en la ruta escucha los gritos de los torturados en un centro de detención. “Me siento cansada”, percibe luego. “El día de hoy ha sido tan agitado, y tan agotador. En general la vida lo es, en estos días. No quiero pensar más. De hecho, no puedo pensar más. Mi cerebro está lleno de manchas de luz y de oscuridad que giran confusamente”.

Allí también escribió sobre sus propias tribulaciones: “La dictadura ha convertido a Alemania en un país perfecto, y un país perfecto no necesita escritores. No hay literatura en el Paraíso. No se puede tener escritores sin no hay imperfección a su alrededor, no se puede tener poetas. El más puro de los poetas líricos necesita ansiar la perfección. Una vez que logras la perfección, la poesía cesa. Una vez que la crítica ya no es posible, hay que callar”.

En el exilio aumentaron sus tendencias autodestructivas: siguió cortándose los brazos y luchando contra el alcoholismo. Se escribía con un viejo amor, el médico Arnold Strauss, quien había escapado a la persecución de los judíos en Berlín y vivía en los Estados Unidos, y se enamoró de Joseph Roth, exiliado por las mismas razones. Solían trabajar en mesas distintas de un mismo bar en París, en competencia por ver quién producía más palabras: “las más puras olimpiadas literarias”, describió ella, según New Statesman. Viajaron juntos a Bruselas, Ámsterdam, Viena, Salzburgo, Varsovia y Lemberg. Se separaron en 1938 y Roth murió en 1939, a los 43 años, en París.

Dado ese cóctel de desgracias, a nadie se le ocurrió dudar del suicidio de Keun en 1940.

Irmgard Keun libros
Tercera clase en el Tren D, Niños de todos los países y Ferdinand, el hombre de buen corazón, los libros del exilio y el regreso a Alemania de Keun.

Pero fiel a sus propias palabras, “un escritor con miedo no es un verdadero escritor”, volvió a Colonia por medios que acaso nunca se establezcan con certeza. Allí escribió sin rastro de su gloria de preguerra y, más curiosamente aun, sin que su obra contara la masacre de seis millones de personas en los campos de exterminio nazis.

Por ejemplo Ferdinand, el hombre de buen corazón, de 1950, narra la vida de un soldado que regresa a Colonia luego de haber sido prisionero de guerra de los aliados, y así como no tuvo interés en el nacional-socialismo triunfante de ayer no le importa la de-nazificación de su presente. Él sólo quiere vivir su vida. No participó del ascenso de Hitler ni fue su opositor y no quiere que la Guerra Fría que se asoma en el horizonte vuelva a arrastrarlo. Como fondo, Keun muestra las ruinas de Colonia —cuya catedral debió ser completamente reconstruida— y las raciones de comida, pero tanto ella como su personaje ignoran la Shoah.

Publicó luego cartas y cuentos, sin reaparecer en el radar del éxito. En la década de 1960 estuvo un tiempo sin techo, empapada de alcohol, hasta que en 1966 ingresó en el ala psiquiátrica del Hospital Estatal de Bonn, de donde salió en 1972. Cinco años más tarde, la revista Stern recuperó su historia y Keun volvió a ser publicada, redescubierta por un público joven que celebró su desprecio por el nazismo y por la crítica que encontró que su obra era extraordinaria. Disfrutó poco de esa segunda buena estrella, porque murió en 1982.

Irmgard Keun
(DB/dpa/AP)

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