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Lautaro Acosta, retrato de un crack sensible: “La gambeta me salvó la vida, y hacer terapia, la carrera”

Lautaro Acosta tenía 8 años cuando vio el mar por primera vez en vivo. Fue en Las Toninas. Sus padres alquilaron una casita a siete cuadras del mar, por una semana. Fue un gran esfuerzo. Era cumplir el sueño de toda familia trabajadora. Pero a los dos días, el llamado de un primo desde Glew, conurbano sur, lugar de los Acosta, complicó las cosas. “Hay un torneo en el barrio, los necesitamos para la final”. La bala de la tentación viajó 300 kilómetros a la velocidad de la luz y dio en los corazones de los hermanitos Lautaro y Rodrigo, apenas año y medio mayor que el otro. Los nenes le bajaron la persiana al mar y lloraron durante dos noches y dos días. Querían volver a jugar. Insistieron tanto, que la familia dejó la casa antes de tiempo. El partido no era por plata ni por nada. Era por el honor, por la locura de ganar. Cuando llegaron a la cancha, a Lautaro no lo querían dejar jugar en el equipo de Rodrigo, porque era muy chiquito. El volaba de bronca. Astuto, el técnico rival le preguntó si quería ser parte de su equipo, y dijo sí. Rodrigo avisó a los suyos: no dejen que se vaya con los otros. El primo suplicó lo mismo. No hubo caso. El partido lo ganaron los que tenían a ese chiquitito gambeteador, rápido y furioso al que todos llamaban “Laucha”.Bajo la sombra del bosque pinamarense, Acosta, que estuvo aquí de vacaciones y se quedó para hacer la pretemporada con Lanús, el club que lo tiene como ídolo máximo, ríe a carcajadas con el relato. Le sirve para explicar su determinación, su pasión, su contracción al esfuerzo y también para que los demás entiendan un poco cómo es convivir con uno mismo, cuando desde siempre sabés que naciste con un don que te diferencia del resto. A dos meses de cumplir los 30, el crack que pasó por Sevilla, Racing de Santander, Boca y la Selección, está maduro, sensible y reflexivo. Habla de sus temores, de su educación, de dinero, del futuro que visualiza cuando se retire de las canchas y hasta de política y las dificultades sociales.”Aquella anécdota de Las Toninas refleja un poco lo que era mi casa. Eramos humildes pero nos inculcaron que para progresar había que esforzarse y dar el máximo. Yo quería salir de las calles de tierra de Glew, sabía que podía con el fútbol. De mi vieja heredé, entre otras cosas, esa persistencia”, explica, mientras toquetea el borde del pantalón de entrenamiento, como un tic de descarga.Acosta es uno de esos casos especiales que la magia del fútbol regala cada tanto. Podría vestir la camiseta de cualquiera de los equipos grandes de Argentina. Boca, River, Independiente y Racing lo llamaron para sumarlo a sus planteles en los últimos seis meses y él dijo que no. Podría estar ganando millones de dólares por año en México o en China. No. Elige Lanús. Prefiere su casa, el club del que es hincha y al que a pesar de llevarlo a títulos nacionales y a la final de la Libertadores, cree, le debe parte de su vida.Lautaro ya pintaba para grandes cosas cuando la crisis de finales de los ’90 dejó sin trabajo a Roberto, su papá. El club le dio empleo y pasó casi a convertirse en la otra casa de los Acosta. “El era vendedor de autos en una concesionaria pero lo rajaron. Y le dieron laburo en el club. Hizo de todo. Pero lo mejor era que yo lo tenía cerca todos los días; mi hermano, que también jugaba, estaba dando vueltas por acá. No es que yo sienta que le debo algo material a Lanús, pero me gusta estar, conozco a todo el mundo y todos me conocen”.A los 19, “Laucha” fue clave para el primer campeonato nacional conseguido por Lanús. Ya había sido campeón mundial juvenil con la Selección. Y entonces lo contrató Sevilla. El equipo andaluz, donde jugaron Maradona y Simeone, entre otros próceres vernáculos, pagó lo que nunca había pagado por un futbolista. Lejos de relajarse por el éxito, Lautaro sintió que tenía que estar a la altura de lo que significaba para su familia la concreción de ese anhelo cultural conocido como “el progreso”, y también para la afición de su nuevo equipo, que había apostado fuerte por él. Esa presión fue letal.-Me empecé a lesionar porque, hiperactivo como soy, no podía regular. Entrenaba a fondo, jugaba a fondo, me cargaba los músculos y me rompía todo. Fue muy angustiante. Yo quería demostrar que valía lo que habían pagado y no podía contra mí mismo.En Sevilla perdió el lugar, fue a Santander y luego llegó a Boca. Pero las lesiones seguían instaladas como el gran temor en su cabeza. “Yo buscaba la perfección y eso era peor, entonces me di cuenta que tenía que hacer algo y busqué el espacio en el psicoanálisis. Hacer terapia me salvó la carrera”.-¿Hacías diván?-Primero cara a cara y cuando estuve preparado, sí. Fue buenísimo, porque al fin tenía un lugar donde hablar, donde expresar mi angustia. Era hablarme a mí mismo. Entender de dónde venía y cómo podía resolverlo. -En “Open”, el libro donde Andre Agassi repasa su vida, él cuenta que su juego mejoró cuando uno de sus entrenadores simplemente le hizo ver que no podía querer jugar cada punto como el punto perfecto. ¿A vos te pasó lo mismo?
–Sí, yo soy muy perfeccionista. Muy hincha pelotas, intenso, hiperactivo. Me cargué de responsabilidad y mi cabeza lo sintió. Por eso cuando volví a Lanús había aprendido la lección. Y además acá me siento contenido, sé que me entienden, sé lo que se espera de mí y ellos saben lo que puedo dar.–¿Y nunca pensaste que quizás decís que no a las ofertas que te hacen por miedo a volver a tener esa responsabilidad y esa presión?
–Sí, a veces lo pienso. Tengo un sueño recurrente con ese tema. Es increíble. Sueño que estoy con Monchi, que era el director deportivo de Sevilla cuando me contrataron (ahora está en Roma), y le digo: “Monchi, ya está, ya no me lesiono más, ya está, puedo jugar”.-¿Qué piensa un jugador cuando está dentro de la cancha? ¿Te acordás que no pagaste las cuentas? ¿Que no le devolviste el audio de WhatsApp a tu vieja? ¿Mira las tribunas?-En otra cosa que no sea un partido, yo no. Me gusta visualizar. Proyecto, me anticipo a ver cómo sale la pelota. Sueño un poco despierto, que me voy a gambetear a dos o a tres, o tirar el centro. Cuando la pelota está lejos, o parada, visualizo, no tengo mucho tiempo de pensar en otra cosa. No me gusta. Me gusta competir, estar en el partido. -¿Eso lo incorporaste en algún momento de tu formación o viene con vos?-No, de chiquito ya lo hacía. Tenía 9 años y visualizaba la jugada que iba a hacer cuando me llegara la pelota. Hay veces que sale. La gran mayoría no.-Podría ser una técnica para la vida, también, ¿no?-Mirá, cuando hablaba con la psicóloga de Boca, ella me decía ‘visualizá que hacés goles’. Yo siempre lo hago, pero que gambeteo, le respondía. ‘Bueno, no, visualizá goles’, me decía, ‘que se ve que vos te conformás con gambetear’.En el anteútimo entrenamiento de Lanús en Pinamar, Lautaro Acosta integraba el ataque del equipo presuntamente titular. La práctica consistía en buscar el gol contra muchos rivales defendiendo, algo que, de hecho, la mayoría de los equipos le hace a Lanús. Un trabajo rutinario y sistemático. Pero los titulares no podían marcar. Pasaban los minutos bajo el sol abrasador del verano y nada. Un centro de la derecha cayó sobre la cabeza de Lautaro. Estaba solo. El wing saltó perfecto, pero un segundo antes. Entonces impactó mal, ya cayendo, y la pelota salió por arriba del travesaño. Lautaro gritó contra sí mismo como si hubiera errado un gol en la final del Mundial en el último minuto.-¡Te volviste loco!
–Sí, estoy mal, jaja. Es que no me gusta errar goles ni en las prácticas.-¿La falta de gol es algo que te preocupa o te angustia?
–Sí, claro. Porque hago pocos, porque por mis características, con tanta llegada al arco podría cerrar más la jugada yo. No digo que me atormenta pero es algo que me preocupa. Hay días que pateo un choclo y va al arco pero otros no la meto nunca.-Pero hiciste goles importantes, determinantes. Le diste a la Selección las clasificaciones a los Juegos Olímpicos de Beijing y al Mundial Juvenil de Canadá, y en Lanús tuviste varios.
–Es verdad. Pero me parece que eso es más parte de visualizar, de estar en los momentos justos por la búsqueda, no tanto por mis características personales de goleador. Soy un busca, soy inquieto, anticipo, más por eso que porque tenga una gran pegada o capacidad de gol. Es más por cargoso, por pesadilla.-Una vez un futbolista me dijo que su hermano menor era el mejor de su familia, pero que ya había crecido sin hambre, que eso lo limitaba. ¿Te parece que el hambre es un motor para la trascendencia deportiva?
–Yo quise superarme para progresar y salir de donde estaba. Mi vieja me lo inculcó como forma de vida. ‘El progresar’. Y esa idea está directamente relacionada con el crecimiento económico, no nos vamos a mentir. Más en mi caso, que vengo de orígenes humildes. Lo entendía así, pero sabía que la única manera era trabajando. A mí me metieron en la cabeza que para salir de donde estaba tenía que estudiar, estudiar y estudiar. Y lo apliqué también al fútbol: entrenar, entrenar y entrenar. Sabía que por decantación, porque tenía las condiciones, se iba a dar. Pero nunca fui corriendo detrás de la guita.-¿Qué peso le pones al dinero en tu vida?-A mí me mueve la guita en la medida que pueda cubrir mis necesidades. No quiero hacer dinero para salvar a mis hijos o a mis nietos.-¿No te parece que está sobredimensionado el nivel de plata que se maneja en el fútbol?
–Es difícil cuando ves que pagan 160 millones por un jugador, sí. Pero qué se yo, son los valores que se manejan. Yo trato de no ostentar. Es difícil. Me gusta darme gustos. No sé si el lujo, pero disfrutar del esfuerzo que hago. Me gustan los autos, lucir algo lindo, es como tener un buen corte de pelo. Es algo que me da seguridad. Es parte de cubrir mis necesidades, la expectativa de progreso y de que viva mejor mi familia. La plata me parece importante sólo para eso.-Hay personas que creen que los futbolistas, con la llegada a la gente que tienen, podrían ayudar a cambiar la realidad de su sociedad. ¿Coincidis?
–Sí, sin dudas. Yo desaprovecho muchísimo mi rol social. Podría ser mejor.–¿Cómo te das cuenta?
–El otro día la chica de la peña “Laucha Acosta” me dijo ‘los chicos te están esperando hace seis meses en el merendero Las lauchitas’. Entonces me puse a preguntar cómo fue que pasaron seis meses. Si a la tarde no hago nada, ¿por qué no voy? Porque creo que tengo que dormir la siesta, comer bien. Y una vez que hice eso, siento que lo que queda es mi tiempo para disfrutar. Entonces lo uso para mí. Y después el fin de semana tengo que concentrar. Y así me voy poniendo excusas.-¿Y cuando vas al comedor cómo te sentís?
–Increíble. Los chicos son hermosos. Tienen una expectativa por verte terrible. Y el amor que te dan compensa la siesta que no duermo. Ayudo a un montón de lugares, pero a veces lo veo como una carga. Todos deberíamos resignar más tiempo y dedicarnos a los otros. Creo que los futbolistas somos un poco egoístas. Quizá como venimos de lugares sociales bravos, con hambre, de alguna manera sentimos que tenemos que disfrutar de todo.-¿Te interesa la política?
–Sí, no estoy muy metido. Tengo amigos que entienden más y les pregunto. Me interesa.-¿Te parece que la política sirve para modificar la realidad social?
–Me cuesta analizar profundamente porque el futbolista es egoísta y no me informo tanto, pero en los últimos años, que se habla tanto de política me interesé. Yo celebro que se haya puesto el tema en la mesa de todos. Cuando era chico en mi casa no se hablaba, nadie entendía nada. -¿Y qué te identifica?
–Quizá por un tema de origen, me gustan los gobiernos populares. Los que tienen en cuenta a la gente, lo que más abarcan e incluyen.-¿Qué te genera ver a miles de personas en una plaza pidiendo al Congreso que no vote una ley contra los jubilados?
–Indignación y tristeza. En esa plaza había familiares míos. La gente por ahí tiene idea de que mis 15 tíos y mis 30 primos viven todos del Laucha Acosta. No. Tienen sus laburos, sus oficios, y yo los tengo metidos en esa plaza. Están pidiendo por trabajo, por vivir mejor. A eso me refiero con que estoy del lado de los gobiernos más abarcativos. Que sean inclusivos y vean a toda la sociedad. Creo que este gobierno no mira tanto para los barrios, espero no tener problemas por decirlo. Igual no soy un fanático. El anterior gobierno tuvo cosas muy buenas y también malas. -¿Te sentís atrapado en la polarización de ideas?
-No me gusta que se haga de la política un River-Boca. Creo que hay que mirarlo con otra perspectiva, y que saber que el de al lado necesita ayuda y dar una mano. Para eso creo que debería servir la política. Igual soy optimista. Las cosas se pueden transformar mirando al prójimo como a uno mismo. Con foco en la educación y no hacer del poder un espacio para sacar ventaja. Hay pibes que no pueden ir a la escuela porque tienen la necesidad de trabajar o de afanar.-¿Te molesta la estigmatización de los pobres?
–Es que siempre hay un por qué. Es fácil apuntar con el dedo a un pibe que chorea sin conocer sus orígenes. Todos estuvimos expuestos a eso. Después está la capacidad de elegir que todos tenemos. Para eso la educación es fundamental. Mis viejos me sacaron de eso rápido mandándome a la escuela y al club. Pero ellos tenían laburo, no estaban desesperados. Cuando las fábricas cerraron hubo generaciones perdidas. Los hijos de los tipos que se quedaron sin laburo se criaron con odio, con rencor y fuera del sistema. Están jugados a hacer cualquier cosa por subsistir. Si el Estado, que es el que te tiene que dar una oportunidad, te golpea y te expulsa, salís y hacés cosas para sobrevivir.Acosta agradece la educación que le dieron sus padres. “Mi vieja era muy exigente y me generó muchos traumas, yo le agradezco porque ella me metió la cultura del esfuerzo. Para ‘ser alguien el día de mañana’, como me decía. Y tuve amor. Y padres presentes. No cenaba y tomaba leche con pan. Pero ellos estaban ahí tomando mate. Nunca me faltó nada y les agradezco un montón por haberme dado las armas para decidir”.-¿Y te gustaba la escuela o sufrías?
–Lo padecía. Quedarme sentado era una tortura. Necesito correr. Soy hiperactivo.-¿Sufriste bullying?
–No, porque en un país donde el fútbol es tan popular, al ser bueno me ganaba el respeto de mis compañeros así. Yo era chiquitito pero la rompía, caía en una escuela nueva y los líderes del grado me adoptaban y me admiraban por la forma de jugar al fútbol. A mí me salvó la gambeta. Terapia y la gambeta.Lautaro cuenta que su nivel de autoexigencia es tan alto que a veces se enoja con sus amigos del barrio porque “no quieren progresar”. Pone el ejemplo de uno de los pibes de su grupo de Glew que tiene 30 y vive con los padres.-¿Te enojas con ellos?-No, me enojo conmigo, si ellos son felices. Lo veo todo desde mis ojos, que tienen que progresar, que ir para adelante, cómo no viven solos. Mi mejor amigo es re feliz así. Entonces, ¿dónde está la vara? Si yo tengo todo lo que supuestamente te hace feliz: mis viejos vivos, mis hermanos, una linda vida, y hay veces que la presión me supera, no puedo dormir, tengo insomnio.-¿Y qué es lo que no te hace feliz?-Cuando me sacan de la estructura me angustio muchísimo. Siento que me sacan felicidad. Esta forma mía de ser tan estructurado viene de chico, de mi indignación por ver la casa de mi infancia.-¿Cómo es eso?-El otro día fui a mi habitación de la infancia. Dormíamos los cuatro hermanos ahí, tres varones y mi hermanita. Y conté los pasos. Dos pasos y medio por tres. Mi auto hoy es más grande. Entraban dos camas cuchetas. Y yo odiaba ver todo desordenado. Teníamos una sola cajonera. Siete cajones, y a mí me daban uno solo. Era el único que tenía todo ordenado. Quería salir de ahí. Fui tan estructurado que me parecía que ese orden era una forma de salir. Y hoy es un trauma.-Ese orden es lo que te da seguridad, pero el hilo es muy fino.-Ahora aprendí a manejarlo con terapia. A tratar de llevarlo. Pero lo re padecí.-¿Hoy qué te saca de la estructura?-Sacarme de mi rutina. Sería terrible. Me levanto siempre al mismo horario, hago prácticamente los mismos pasos. Desayuno en el club, voy al baño en el club, saludo a la misma gente. Me gusta la rutina, me hace sentir seguro y contenido, me da comodidad.-¿Y perder?
–Eso me quita felicidad. Tal vez al no tener hijos canalizo todo en mi laburo y es lo que me hizo ser lo que soy. Pero no son cosas graves, ¿no? -¿Qué te pasó después de la final con Gremio?
–Me sentí frustrado. La ilusión era tan grande que el golpe fue muy duro. Visualizaba mucho ganándola, jugando la copa del mundo, viajando a Dubai al Mundial de Clubes. Vi todo, media ciudad de Lanús viajando, mis amigos, todo. Bueno, me olvidé de la parte más difícil, que era ganarle a Gremio.-¿Qué visualizás para tu futuro?
–Me veo entrenador. Con mi hermano, que lo veo re capaz. Le encanta, lo vive. Y yo soy lo mismo. Le meto mucha pasión, me encanta, me gusta el entrenamiento, el funcionamiento, la metodología, me gusta todo. Y cuanto más grande me voy haciendo más me gusta, más me voy metiendo. Y voy sacando de cada entrenador muchas cosas.-Vas a ser insoportable como técnico.
–Como soy como jugador. Me va a encantar que mis jugadores jueguen a lo que yo quiero. Me encantaría. El premio más grande como entrenador es que tu equipo juegue como vos. Me vuelvo loco de pensar que mis equipos sean intensos, que presionen, que vayan para adelante.-Vas a tener que buscar un 9 goleador.
-¡Claro! Mi ídolo no es ni Maradona, ni Messi, que es un fenómeno. ¿Sabés quién es mi ídolo? Batistuta.-¿Por qué?-Porque es todo lo que yo no soy. Es goleador. Es grandote. Es potente. ¡Es lindo! Es todo lo que admiro.
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