Argentina y el show de las vacunas

El presidente Alberto Fernández recibe la primera dosis de la vacuna rusa contra la COVID-19
El presidente Alberto Fernández recibe la primera dosis de la vacuna rusa contra la COVID-19 (TWITTER @ALFERDEZ/)

Nuestro país tiene una trayectoria histórica de alto rigor científico, esto incluye tres premios Nobel en ciencia. Parte de ese legado es el alto cumplimiento vacunatorio que existió históricamente en nuestro país. Una tradición que, además de la ciencia, se apoya en valores como la solidaridad por lo que implica cumplir con un procedimiento de cuidado colectivo. Las vacunas erradican enfermedades por su propia función, pero además lo hacen por interrumpir la transmisión comunitaria a través de la inmunidad de rebaño. Lograr este objetivo implica además el diseño, la planificación y por último la implementación de un plan de vacunación eficiente. Esto incluye contar con insumos como las vacunas, pero también los recursos humanos, la logística y una estrategia de comunicación responsable entre otras cuestiones.

El COVID-19 ha puesto a prueba la capacidad de los países para lograr inmunizar a su población una vez aprobadas las primeras vacunas. En este momento son cerca de 63 países los que ya están vacunando según el prestigioso portal Ourworldindata, que depende de la Universidad de Oxford. Entre estos países se dividen 8 vacunas aprobadas por sus respectivas instituciones de regulación nacional. Viéndolo en detalle, en 52 países se utiliza la vacuna de Pfizer, en 14 la de Moderna, 9 la de AstraZeneca, 7 Sinopharm, 4 la Sputnik, 4 la de Sinovac y solo en India la nacional de Bharat Biotech, según publicó el New York Times el 2 de febrero.

A más de un mes del comienzo de la vacunación en el mundo se sabe que la mayoría de los países negociaron de manera individual o en bloque, como el caso de la Unión Europea, con los diferentes fabricantes. También sabemos que es un misterio lo que se pagó por las dosis recibidas, lo que también puede explicar el aumento de tensiones entre los fabricantes y los supuestos incumplimientos en las entregas pactadas. Esta situación era lo esperable en un mundo en efervescencia ante tamaña urgencia donde finalmente -y como ocurrió con los respiradores, reactivos y otros insumos– rige la ley del mejor postor.

En medio de eso está la Argentina, un país cada día más periférico en la arena global y con una política sanitaria errante. La gestión sanitaria nos coloca a los ciudadanos como espectadores de un reality show con imágenes y mensajes que luego mutan en desmentidas y vericuetos desopilantes muy lejos de decisiones basadas en evidencia científica.

Hoy Argentina no tiene un plan de vacunación y solo se cuenta con una vacuna que hasta hace unos días solo era avalada por una publicación de fase II y un comunicado de prensa. Por otro lado, es una vacuna de la que se prometieron millones de dosis, pero al día de hoy apenas ha llegado una mínima parte y eso porque tuvimos que ir a buscarlas al país de origen, con épica incluida.

Implementar medidas de salud pública sin una evidencia científica que lo sustente es temerario. Una irresponsabilidad que algunos pretenden tapar amparándose en el paper de The Lancet sobre la vacuna Sputnik. Supongamos que Ud. tiene un “pico de tensión arterial” al punto de estar en riesgo de sufrir un accidente cerebrovascular y le ofrecen un medicamento sobre el que no se sabe su seguridad y eficacia. ¿Lo tomaría? ¿Se dejaría acaso operar en una urgencia por un médico que no sabe si es cirujano? En términos técnicos se llama seguridad y eficacia y es lo que se espera de todo procedimiento médico, desde una vacuna a una intervención quirúrgica. La publicación de The Lancet aun en su lectura crítica presenta algunas cuestiones que el tiempo dilucidará, aspectos que hacen una vez más a la falta de transparencia.

Vacunar cuanto antes salva vidas, además, ayuda a prevenir lo que ya se está viendo con el mecanismo de supervivencia de los virus: su mutación como mecanismo de adaptación al huésped y con ello el riesgo de que vacunas hoy efectivas puedan dejar de serlo en el futuro.

Nuestro país se encuentra a las puertas del otoño y del comienzo de un año administrativo, legislativo y educativo. Por si fuera poco, y como se suele decir, contamos con el diario del lunes que es la situación actual de Europa y Estados Unidos que viven los peores momentos desde el inicio de la pandemia. A la vista de los hechos pareciera ser que nuestro país nunca entendió cómo se maneja la salud global, la seguridad sanitaria y la diplomacia en salud.

Los argentinos necesitan confianza en autoridades que velen por su salud y en instituciones que cumplan su función. Un Ministerio que aprueba vacunas sin evidencia científica y con falta de transparencia provoca más estupor que confianza.

Mientras hoy en el mundo desarrollado se empieza a discutir el grado de protección y uso de los diferentes tipos de cubrebocas, de lo discriminatorio que podría resultar un “pasaporte sanitario” o de la necesidad de vacunar lo más rápido posible para retomar actividades que disminuyan el impacto de lo que significa el empobrecimiento de la población, nuestro país no solo no cuenta con un plan de vacunación, sino que no tiene vacunas. No parece ser una forma digna de honrar el rigor científico que alguna vez prevaleció en el país.

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