Chiitas hazaras temen lo peor con la partida de los estadounidenses de Afganistán

Para Hamidulá Asadi, miembro de la comunidad chiíta hazara, perseguida desde hace tiempo en Afganistán por los radicales sunitas, la elección era sencilla: esperar, impotente, el próximo ataque mortal o alistarse en una milicia para defender a los suyos.

Él mismo resultó herido unos meses antes en un atentado suicida reivindicado por el Estado Islámico (EI) y optó por el combate. “Nos hemos visto obligados a tomar las armas”, explica a la AFP Hamidulá, que desde entonces se ha convertido en portavoz del Movimiento de Resistencia por la Justicia, un grupo de combatientes hazaras, que operan en las colinas nevadas de la provincia de Bamiyán (centro).

“Los que se suponía que nos defendían no han cumplido con nuestras expectativas”, constata con pesar.

En los últimos meses se ha registrado un aumento de la violencia en la capital, Kabul, y en varias provincias afganas. Los talibanes han intensificado las ofensivas mientras negociaban con el gobierno en Doha, desde septiembre.

Con la retirada total de las tropas extranjeras, principalmente estadounidenses, prevista para mayo, los hazaras se preparan para lo peor, temiendo que el país vuelva a sumirse totalmente en la guerra civil.

– Beneficios frágiles –

Los hazaras, principalmente chiítas, representan entre 10% y 20% de los 38 millones de afganos. Desde hace mucho tiempo son perseguidos por los extremistas sunitas, en este país desgarrado por las divisiones étnicas y religiosas.

Hamidulá recuerda aquel día de 2016 cuando, estudiante de la universidad de Kabul, sobrevivió a un doble ataque suicida que se saldó con la muerte de 80 personas y marcó el inicio de una nueva ola de violencia contra su comunidad.

Hoy dice que es uno de los miles de combatientes armados bajo el mando de Abdul Ghani Alipur, una figura popular entre los hazaras.

Su milicia afirma que patrulla las carreteras para proteger a la población local, pero también que no vacila en secuestrar a los talibanes, que servirán de moneda de cambio para recuperar a rehenes hazaras.

La multiplicación de esas milicias es un desafío para el gobierno, que teme que se constituyan poderosos grupos armados independientes.

Los hazaras han dependido de sí mismos a lo largo de la historia afgana. Sus características físicas, típicas de las poblaciones de Asia central, los hacen fácilmente identificables por los radicales sunitas que los consideran herejes.

Durante la sangrienta guerra civil de los años 1990, los hazaras fueron brutalmente bombardeados durante los combates entre facciones enemigas, y luego masacrados por miles durante la sangrienta conquista del país por los talibanes.

Pero han beneficiado del nuevo orden establecido por la caída del régimen fundamentalista de los talibanes, expulsados del poder en 2001 por una coalición dirigida por Estados Unidos, enviando masivamente a sus hijos a la escuela, incluidas las niñas, y tomando parte en la escena política.

Sin embargo, esas ganancias siguen siendo frágiles.

– Algunos hazaras aún dudan en tomar las armas –

Desde entonces, cientos de hazaras han muerto en ataques del Estado Islámico contra mezquitas, escuelas, concentraciones y hospitales en Dasht e Barri, un enclave comunitario situado al oeste de Kabul.

“Incluso con la presencia de las tropas estadounidenses y de la OTAN en Afganistán, ya eran vulnerables”, observa Sima Samar, exjefa de la comisión independiente afgana de Derechos Humanos.

Algunos hazaras huyeron de la capital y se trasladaron a la provincia de Bamiyán, lugar de nacimiento de la comunidad, considerada durante mucho tiempo como una de las zonas más seguras del país.

Murad Ali Haidari pensó que así protegería a su familia. Pero eso no impidió que su hijo muriera en uno de los dos atentados de noviembre.

En la actualidad, la región está llena de puestos de control y las fuerzas del orden se dedican a registrar los coches y a interrogar a sus pasajeros.

“Nos fuimos de Kabul a Bamiyán para estar más seguros y vivir en paz”, suspira Murad. Pero “ahora, cuando te vas de casa, es difícil imaginar volver con vida”.

Incluso salir del país no es una garantía. Un grupo de mineros hazaras, entre ellos varios afganos, fue asesinado a principios de mes por el EI en Pakistán.

En el oeste, miles de hazaras que cruzaron la frontera con Irán finalmente se desplegaron en milicias chiítas en Siria durante la última década.

Otros aún dudan en tomar las armas.

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