Un doctor de Texas intentó prevenir un brote, pero ahora cuenta los muertos

People inside a bar in Laredo, Texas, Jan. 28, 2021. Laredo is enduring the country’s worst outbreak during the pandemic’s deadliest month. Cigarroa, leading the fight, is begging the state to close down his city. (Veronica G. Cardenas/The New York Times)
People inside a bar in Laredo, Texas, Jan. 28, 2021. Laredo is enduring the country’s worst outbreak during the pandemic’s deadliest month. Cigarroa, leading the fight, is begging the state to close down his city. (Veronica G. Cardenas/The New York Times) (Veronica G. Cardenas/)

Laredo, Texas, sufre el peor brote de Estados Unidos durante el mes más mortífero de la pandemia. Un cardiólogo emprendió una cruzada para lograr que el estado cierre su ciudad.

LAREDO, Texas — Cada día, alrededor de las 6 p. m., Ricardo Cigarroa sigue el mismo ritual sombrío. Se sienta en su escritorio y cuenta los muertos.

“De cinco a siete certificados de defunción, eso es lo que firmo cada día”, dijo Cigarroa, un cardiólogo de 62 años, mientras miraba el papeleo que se acumulaba una tarde de la semana pasada. “Esto no hace más que empeorar”.

Durante el mes más mortífero de la pandemia, Laredo ha tenido la desoladora particularidad de tener el brote más grave de cualquier ciudad de Estados Unidos en las últimas dos semanas. A medida que los casos se disparan, el número de muertos en esta ciudad de 277.000 habitantes, mayoritariamente latinos, asciende ahora a más de 630, de los cuales al menos 126 decesos sucedieron solo en enero.

Cuando el virus llegó a la zona fronteriza hace casi un año, el doctor Cigarroa, que siempre usa lentes, podría haberse quedado de brazos cruzados. Podría haberse centrado en su rentable consulta de cardiología, que tiene 80 empleados. Podría haberse quedado callado.

En lugar de ello, Cigarroa se ha convertido en el principal paladín y en la autoridad de facto sobre la pandemia en este tramo de la frontera con México.

En las televisiones regionales, explica tranquilamente con su voz de barítono, tanto en inglés como en español, cómo evoluciona el virus. Conocido por hacer visitas a domicilio en su vieja camioneta Toyota Tacoma a pacientes de la COVID-19 en Laredo, es entrevistado con tanta frecuencia que Texas Monthly lo llama “el doctor Fauci del sur de Texas”, comparándolo con el doctor Anthony Fauci, el principal experto en enfermedades infecciosas del país, aunque no tiene ningún puesto oficial en el gobierno.

Últimamente, Cigarroa ha perdido la paciencia.

En un video publicado en Facebook, se muestra agotado y critica a los líderes políticos por permitir que el virus haga estragos en esta parte del sur de Texas. Cigarroa señaló al gobernador Greg Abbott, republicano, por negarse a permitir que Laredo imponga medidas de mitigación más estrictas.

“Para el gobernador: está bien tragarse el orgullo”, dijo Cigarroa, quien asombró a algunos espectadores con la advertencia de que el virus podría matar a 1 de cada 250 laredanos para mediados de año. “Está bien decir que no lo vas a hacer, y luego hacerlo para salvar vidas”.

Al pedir a los habitantes de Laredo que consideren la desobediencia civil y se queden en casa si los políticos no actúan, añadió: “Lo único que salvará vidas en este momento será quedarse en casa y cerrar la ciudad”.

Pero su batalla no es solo con el gobernador: aunque la ciudad está compuesta en un 95 por ciento por latinos, un grupo que ha sufrido un número desproporcionadamente alto de casos y muertes, muchos líderes locales se han mostrado reacios a cerrar los negocios, y parte del público en general sigue acudiendo a bares, restaurantes y reuniones durante los feriados.

Los republicanos que dominan la política a nivel estatal en Texas parecen no inmutarse ante las peticiones de más regulaciones. Abbott ha reducido la ocupación en bares y restaurantes y ha impuesto un mandato de mascarillas en la mayor parte del estado. Pero en noviembre dijo que descartaba “más confinamientos”, decidido a mantener Texas —incluso las partes del estado que se tambalean bajo los efectos del virus— abierto a los negocios.

“El aumento de las restricciones no hará nada para mitigar la COVID-19 y proteger a las comunidades sin que haya vigilancia”, dijo Renae Eze, una portavoz del gobernador, sobre las solicitudes de restricciones más estrictas en Laredo.

Dijo que las políticas sobre la ocupación de restaurantes y bares y los cubrebocas, habían resultado eficaces para frenar la propagación del virus durante el verano. “Pueden seguir funcionando, pero solo si se aplican”, dijo.

Su insinuación —y Cigarroa admite que no es del todo errónea— fue que los funcionarios locales no habían sido lo suficientemente agresivos a la hora de responsabilizar a los propietarios de negocios y a los miembros del público del cumplimiento de las limitadas medidas de distanciamiento social vigentes. Pero Cigarroa dijo que se necesita “un líder fuerte” para guiar a las ciudades a través de la crisis.

En los alrededores de Laredo, Cigarroa a veces llena ese vacío. Al principio de la pandemia, dijo que se enfrentó a los miembros de un club local de ciclistas reunidos en una taquería después de un largo paseo. “No sé por qué se molestaron en hacer un viaje de más de 60 kilómetros en bicicleta para estar sanos”, les dijo, recordó. “Están aquí sentados sin mascarillas y les prometo que dentro de un mes varios de ustedes tendrán covid y puede que estén intubados”.

Sin embargo, no todos comparten su sentido de la urgencia. Cientos de familias están de luto por sus seres queridos, mientras que cadenas de restaurantes como Olive Garden e IHOP siguen ocupados con comensales en el interior de sus locales.

Los bares siguen abiertos y los estacionamientos de tiendas como Walmart, Target y H-E-B, una cadena de supermercados, están repletos de coches.

Al otro lado de la frontera, en la ciudad mexicana de Nuevo Laredo, donde Cigarroa también realiza ocasionalmente visitas a domicilio, también hay problemas. Dice que los miembros del cártel han empezado a controlar el comercio de tanques de oxígeno. Según Cigarroa, algunas familias de Nuevo Laredo piden a los médicos que maquen neumonía en lugar de COVID-19 como causa de la muerte para poder eludir las normas que prohíben a los familiares estar presentes en los entierros por COVID-19, un fenómeno que, según él, contribuye a que no se cuente el número de víctimas de la pandemia en la frontera.

Sergio Mora, presentador del pódcast político de Laredo, Frontera Radio, dijo que la crisis le afectó recientemente cuando en el espacio de unos pocos días perdió a dos personas cercanas a él: un empleado de la empresa de remolques de su familia que llevaba mucho tiempo al otro lado de la frontera, en Nuevo Laredo, y su abuela.

“El doctor Cigarroa es una voz respetada que está haciendo sonar las alarmas”, dijo Mora. “La gente solo tiene que escuchar”.

Hacer un alboroto contra la propagación del virus es algo natural para Cigarroa, un mexicanoestadounidense de cuarta generación cuya familia forjó una de las dinastías médicas más notables de Texas.

Tanto el padre como el tío del doctor Cigarroa fueron médicos influyentes que lideraron los esfuerzos para traer la Universidad Internacional de Texas A&M a Laredo.

Nacido en una familia de diez hijos, una de las hermanas de Cigarroa es enfermera y tres hermanos son médicos, entre ellos Francisco, cirujano de trasplantes y antiguo rector del Sistema de la Universidad de Texas. El hijo de Cigarroa, también médico, ejerce ahora en la misma clínica de cardiología que él.

Cuando los hospitales de Laredo empezaron a tener problemas con la afluencia de pacientes con coronavirus, Cigarroa, graduado en la Universidad de Princeton y la Escuela de Medicina de Harvard, tomó la medida poco convencional de convertir su consultorio en una clínica improvisada de COVID-19.

Todas las tardes, después de que el doctor Cigarroa firma los certificados de defunción, los pacientes acuden a la clínica, donde se les diagnostica, se les trata y, a veces, se les hospitaliza rápidamente en una parte adyacente del complejo médico.

Muchos no tienen seguro, pero Cigarroa los atiende. Dice que su objetivo no es obtener beneficios, sino mantenerse a flote económicamente mientras paga los sueldos de sus empleados.

El trabajo diario pasa factura. En julio, el propio doctor Cigarroa contrajo la COVID-19. Al principio pensó que sería un caso relativamente leve, de “corona light”, y optó por descansar en casa durante unos días.

Pero entonces se despertó sin aliento, presa del pánico. Receloso de utilizar alguna de las últimas dosis que quedaban en Laredo de remdesivir, el fármaco antiviral utilizado para el tratamiento de la COVID-19, optó por que lo llevaran al Hospital Universitario de San Antonio, donde su hermano es médico.

“Era como un perro ladrándole a la luna”, dijo Cigarroa. “Antes era un poco insensible. Volví como un médico mucho mejor”.

Tras recuperarse de lo que resultó ser un intenso ataque de COVID-19, el doctor Cigarroa volvió a trabajar, tratando a los pacientes mientras redoblaba sus esfuerzos para educar al público sobre la pandemia. Aunque la reciente llegada de las vacunas ha suscitado cierta esperanza, exige respuestas sobre por qué el condado de Webb, sede de Laredo, sigue siendo tan afectado.

En la entrevista en su oficina, Cigarroa cuestionó si el racismo era un factor en la forma en que la crisis era gestionada en Texas. Preguntó por qué los funcionarios estatales republicanos habían asignado muchas más dosis de vacunas en las últimas semanas a un condado como Lubbock, que tiene una población comparable a la del condado de Webb, pero es proporcionalmente menos latina.

“¿Se trata de volver al MALDEF y a la discriminación?”, preguntó Cigarroa, citando el racismo arraigado desde hace tiempo en Texas que empujó a los abogados del estado a crear una organización pionera en materia de derechos civiles, el Mexican American Legal Defense and Education Fund (MALDEF), en la década de 1960.

Una de las razones de la menor asignación podría ser que Laredo tiene miles de trabajadores sanitarios menos, destinados a las primeras rondas de vacunación, que Lubbock, según han sugerido algunas autoridades locales.

Cigarroa dijo que la “desorganización total” del estado es seguramente uno de los mayores problemas.

Así que ha iniciado su propia campaña, muy organizada.

Sus videos en los que pide ayuda a los funcionarios estatales se publican en Laredo Contra Covid 19, una página de Facebook creada por su hija, Alyssa. Luego, Alyssa Cigarroa, pintora que participa en proyectos de revitalización urbana, se presentó como candidata a un puesto en el concejo de la ciudad.

Ganó en noviembre, y desbancó con el 84 por ciento de los votos al titular del cargo. En una acalorada reunión de emergencia del concejo en enero, en la que los miembros debatieron la supresión de las restricciones relativamente laxas del gobernador Abbott —una medida que casi con toda seguridad desencadenaría una batalla legal con el estado—, Alyssa Cigarroa instó a los funcionarios a solicitar ayuda a la Guardia Nacional para reforzar la distribución de vacunas en la ciudad.

Haciendo una pausa para reflexionar sobre cómo la pandemia está remodelando la vida a lo largo de la frontera, el doctor Cigarroa sonrió con orgullo por un momento al hablar de la incursión de su hija en la política. Luego pareció recordar a qué se enfrentaban: a los líderes políticos, así como a algunos en su propia ciudad, que todavía parecen no estar seguros de cuál es la mayor amenaza: el virus o la pérdida de una apariencia de normalidad y de una forma de ganarse la vida.

Cigarroa se ha propuesto asegurarse de que entiendan lo que está en juego.

“Este virus va a seguir profundizándose y profundizándose y profundizándose hasta que la gente se dé cuenta de que no va a tener empleados”, dijo. “Hasta que no tomemos las decisiones correctas, se trata del dinero versus la vida”.

Simon Romero es corresponsal nacional radicado en Albuquerque. Entre otros temas, cubre inmigración. Anteriormente fue jefe de la oficina en Brasil y en Caracas, Venezuela, y reporteó sobre la industria energética global desde Houston. @viaSimonRomero

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